Hay gente que llega a Punta Cana buscando el mar.
Y hay gente que llega huyendo de la vida.
Él llegó un martes.
Con una maleta que pesaba menos que sus culpas y con los ojos de quien ya no le cree al calendario.
El bus frenó en Cabeza de Toro a las 11 y 3 minutos.
El chofer, dominicano de los de verdad, con su gorra y su «dios te bendiga», le dijo:
«Mijo, aquí se acaba el mundo… o empieza de nuevo».
Y él bajó.
El sol de Punta Cana no pregunta.
Te cae encima, imperante, claro, como queriendo quemarte lo viejo.
La arena blanca le recibió los pies cansados. El agua azul le devolvió una imagen que no reconocía.
Y la gente… ah, la gente.
Ese calor dominicano que te saluda aunque no te conozca. «E pa’ lla», «cuidado con el hoyo», «si necesita algo me avisa».
Trabajó de todo.
De mesero con sonrisa prestada.
De bartender que sirve ron pero no se emborracha de tristeza.
De lo que sea que pague el día y no pida cédula del pasado.
En las noches se iba a la playa.
Solo.
Y le hablaba al mar Caribe como se le habla a un hermano mayor:
«Óyeme mar, tú que te tragas barcos y escupes conchas… ¿tú también cargas gente que no pudo más?»
Una noche una doña de Verón le llevó un café en un vaso plástico.
«Te veo pensativo, mi hijo».
Él respondió: «Soy de ningún lado, doña. De todos los lados donde ya no cupo».
Ella se sentó en la arena con él. No dijo nada.
El café sabía a compasión. Y en este pueblo, la compasión es el único lujo que no se cobra.
Porque Punta Cana es así:
Recibe al turista con «welcome» y al dominicano con «mi hermano».
Alumbra a todos por igual. Al que viene en yate y al que llegó en el último bus.
Entre la música, los bronceadores y las fotos, aquí también hay vidas que se barren, se lavan y se sueñan.
El otro día lo vi.
Ya no cargaba maleta. Cargaba una guitarra prestada.
Y cantaba bajito, para que el viento no se lo robara:
«Si me voy, que sea cantando. Si me quedo, que sea por amor a esta tierra que me dio sol cuando yo andaba oscuro«.
No sé si se quedó.
No sé si el mar se lo llevó.
Lo que sí sé es que en Punta Cana todos los días llega alguien en el último bus.
Y todos los días alguien decide quedarse… aunque sea un día más.
Porque empezar de nuevo duele.
Pero hacerlo bajo este sol, con esta arena blanca, con esta gente que te da café sin pedirte nombre…
Eso, mi hermano, eso se parece mucho a la esperanza.




