«En un mundo que no se detiene, la ansiedad se ha vuelto una compañera silenciosa. Nos visita sin avisar y a veces se queda más de la cuenta.»

Por: Lisselot Pons Sánchez
Primero lo primero, ¿qué es la ansiedad?
La ansiedad se presenta como una preocupación o inquietud excesiva por el futuro o situaciones presentes. En nuestra generación, la ansiedad y la depresión se consideran enfermedades que deben ser tratadas como cualquier otra enfermedad fisiológica.
La ansiedad se volvió normal, ¿verdad?
Te lo digo porque es una palabra muy popular en nuestro vocabulario, y aún más en la boca de nosotros los cristianos.
¿Ansiedad o preocupación?
Para Jesús, la sensación momentánea de ansiedad no es el problema. Lo que es pecaminoso es la preocupación, que defino como habitar prolongadamente en la ansiedad.
Si somos hijos de Dios, somos llamados a reaccionar diferente, somos llamados a no preocuparnos (Mt 6:31).
El fruto de la preocupación es: falta de descanso; sensación de nerviosismo, agitación, peligro inminente, pánico o catástrofe; aumento del ritmo cardíaco; respiración acelerada; temblores; problemas para concentrarnos o para pensar en otra cosa que no sea la preocupación actual.

Es básicamente lo opuesto de lo que Dios nos da cuando habitamos en Él: paz, gozo, descanso, quietud, deleite, confianza, atención a Su Palabra, etc.
Es ahí cuando uno entiende que la preocupación califica como pecado, porque es opuesta a la instrucción de Jesús (Mt 6:25) y con ella se experimenta lo contrario a lo que promete el reino de Dios a través del Espíritu del nuevo pacto.
Corramos a Cristo
Toda reacción, como el miedo, la angustia o la ansiedad, está diseñada para dirigirnos a algo más, no para dominarnos.
Las sensaciones que experimentamos deben llevarnos a detectar qué mensaje estamos creyendo. Es decir, ¿por qué nos sentimos así? Hay un mensaje —una amenaza real o percibida— que activa esa sensación que luce dominante.
Pero no fuimos llamados para ser dominados por el espíritu de cobardía, sino para vivir por el poder de Dios, amor y dominio propio (2 Ti 1:7), lo que solo es fruto del Espíritu Santo.
¡Él me entiende! ¡Él sabe lo que estás pasando!
¿Te has puesto a pensar en esa verdad? ¡Cristo te entiende! Pero, sobre todo, Él es quien nos consuela.
No existe ninguna situación presente, pasada o futura, por la que Cristo no haya pagado en la cruz.
Es justo allí donde debes llevar cada vez tus pensamientos cuando quieren atacar.
No te quedes sentado. Identifica lo que te lleva a esta sensación. Aquí te comparto algunos tips que han sido de mucha ayuda:
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Identificar las situaciones que usualmente disparan mi ansiedad o mi temor también me ayuda a saber cómo orar.
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Atesorar la Palabra, meditar en ella.
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Tener una mentora que pueda orar por mí y con quien pueda rendir cuentas también es algo que me ha ayudado en mi caminar con la ansiedad.
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Predicarle a mi alma las buenas nuevas del evangelio.
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Reconocer a Cristo como ese Sumo Sacerdote que está por mí y no contra mí.
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Tener un Sumo Sacerdote es saber que puedo acercarme confiadamente ante el trono de la gracia y saber que no estoy sola y tengo a dónde ir.

No puedo ofrecerte una solución de tres pasos para librarte de la ansiedad y el temor, pero sí puedo apuntarte a Aquel que sí puede calmar todo lo que la ansiedad puede producir.
Filipenses 4:7
«Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús.»





