Llegué al pequeño pueblo Quintanar de La Orden y su quietud apaciguó mi estrés. Es calmado, adoquinado como patio de casa bien cuidada. Es como si todos fuesen parte de una misma familia.
Y al llegar al recomendado bar…, me convencí de su fama. Es el Bar del pueblo.
Hay otros, pero como el legendario Bar Santa Ana no hay más. Es acogedor, elegante, con unas atenciones que superan las expectativas con la que cualquier transeúnte busque ser atendido. Al entrar fui recibido como si me estuviesen esperando. Es esa sensación de ser querido. Yo sólo buscaba un café…, pero el abrazo de un ambiente cálido y filial me hicieron quedar otro rato.
En Quintanar de La Orden, donde las sombras de los olivos se alargan como dedos suaves sobre la piedra centenaria, el Bar Santa Ana es como un santuario para los sentidos, un lugar donde la realidad se desborda y la fantasía se infiltra como un vino generoso entre las venas. La puerta es un umbral que se abre a mundo de delirios y placeres, se abre con un crujido que es como un suspiro de la historia, invitando a quienes llegan a sumergirse en un universo de sabores, aromas y el murmullos de amigos, familiares y visitantes.
Victor, el chef, un artista de la cocina, parece hacer magia con sus manos…, sus platos son poemas épicos, odas a la pasión y al deseo: gambas al ajillo que arden como brasas en la lengua, chuletón de buey que se deshace en la boca como un amanecer en los campos de Castilla, migas crujientes que despiertan los sentidos.
Y Rossy, con una sonrisa de ángel sublime, mujer a la que nombré «La Sirena del bar». Sus ojos brillan como estrellas en la noche toledana, y brinda una calidez que desborda cada taza de café, cada copa vino cada frase de esperanza.

Me contaron algunos vecinos de Quintanar de La Orden que desde hace años se cree que en ese bar, por llevar el nombre Santa Ana los deseos susurrados allí se hacen realidad, que la magia es una cuestión de fe, de creer en lo imposible.
Así que, allí, en el Bar Santa Ana, en ese pedacito de Toledo escondido en Quintanar de La Orden, llevé mi taza de café hasta mi boca, cerré los ojos y pedí un deseo…,
Volveré, como regresa todo aquel que visita el enigmático pueblo y pasa a pedir su deseo…, en el Bar de Santa Ana.
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